NOTA DEL EDITOR: El siguiente texto escrito por Javier Ruiz, CFA, es un extracto de una carta trimestral de Horos Asset Management.

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En la pasada carta trimestral repasamos la historia detrás del surgimiento y crecimiento explosivo de los fondos de inversión indexados. En concreto, hablamos del papel que jugaron los trabajos de Bachelier, Samuelson o Fama en el desarrollo de la teoría de la eficiencia de los mercados y su consecuente influencia en la aparición y posterior dominio de entidades como Vanguard y BlackRock, gestoras de estos productos de gestión pasiva. Pues bien, otros académicos, como Harry Markowitz y su discípulo William Sharpe, desarrollaron, en los años 50 y 60 del pasado siglo, otro marco teórico de enorme trascendencia para el mundo de la gestión de activos financieros. Específicamente, con los distintos ensayos que dedicaron a presentar sus modelos de gestión de carteras (también conocido como “modelo Markowitz”) y de valoración de activos financieros (CAPM o “Capital Asset Pricing Model”).1 En concreto, al explicar cómo puede un inversor estimar la rentabilidad esperada de una acción y cómo distribuir, de la manera más eficiente, una cartera de activos. Estos trabajos de Markowitz y Sharpe los llevarían a alcanzar el mayor reconocimiento académico posible, al ser galardonados en 1990 con el Premio Nobel de Economía. Sin embargo, como muy bien refleja uno de los muchos aforismos atribuidos al jugador de béisbol Yogi Berra:

En teoría, no hay diferencia entre la teoría y la práctica. En la práctica, sí la hay.2

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