NOTA DEL EDITOR: Este texto es obtenido de una carta mensual de NAO Sustainable Asset Management.

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La mayoría de los ejemplos de empresas que tenemos a nuestro alrededor son pequeñas compañías, y podríamos definirlas incluso como microempresas. Nuestros amigos, nuestros familiares, nuestros padres, o nosotros, trabajamos en ellas; algunas no tienen más de 10 o 12 trabajadores, incluso muchos de nosotros somos autónomos o conocemos a gente que lo es. Tenemos delante miles de casos: Salimos a la calle y está llena de pequeños comercios en los que al frente se encuentran sus dueños. En estos ejemplos, la propiedad (o sea, el accionista) y la gestión (la dirección y el órgano de administración) están integrados en las mismas personas, de hecho, no existe un consejo de administración nombrado como tal porque no es necesario, sería incluso absurdo. Ocurre también lo mismo con compañías de mayor tamaño, consideradas, en cierto modo grandes, pero que siguen siendo unipersonales o familiares, con unos pocos miembros de la familia al frente. En muchos de estos casos puede incluso no existir tampoco un órgano rector explícito y la propiedad está totalmente identificada, sabemos perfectamente quién es el dueño. Conforme pasan las generaciones, en este tipo de empresas suele darse un problema que hay que resolver si se quiere tener continuidad; el número de miembros en las
familias empresarias crece (hijos, nietos, sobrinos de los fundadores), todos son accionistas, algunos trabajarán en la empresa, pero para otros el camino profesional será distinto, lo cual no quiere decir que dejen de ser shareholders. En este caso, la propiedad y la gestión de la compañía comienzan a separarse, a disociarse, y es entonces cuando es preciso poner órganos y reglas por las que se rijan, cada uno con sus funciones y utilidades y con el fin común de que el socio (al fin y al cabo, dueño), se encuentre protegido y pueda ejercer sus derechos por lo que a su empresa respecta.

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