NOTA DEL EDITOR: Esta idea de inversión es extraída de una carta trimestral de azValor Asset Management.

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Compramos acciones de la minera de cobre Antofagasta [LON: ANTO] entre finales de 2015 y principios del 2016, cuando marcó un mínimo de unas 3,5 libras por acción, una caída del 75% desde los máximos de 2011. En ese momento, el precio del cobre cotizaba a $4.200 por tonelada, una caída del 60% desde sus anteriores máximos. A 3,5 libras Antofagasta cotizaba a 15x los beneficios que la compañía generaría durante un año completo con el cobre cotizando a esos mínimos. Teniendo en cuenta las reservas de más de 20 años de sus minas, la cotización de Antofagasta estaba reflejando que el precio del cobre iba a permanecer a esos niveles o peor a muy largo plazo, básicamente hasta el final de la vida de sus minas. A dichos precios del cobre casi un 25% de la producción mundial generaba cash flow negativo por cada tonelada minada, y un porcentaje aún mayor generaba pérdidas contables después del gasto de depreciación. No en vano se dieron varios anuncios de suspensión de la producción de algunas minas, cierre definitivo de otras o incluso algunas quiebras. En otras palabras, el mercado estaba descontando que sobraba muchísimo cobre y que la demanda iba a caer significativamente a largo plazo. Este escenario de demanda no sólo iba en contra del crecimiento histórico del consumo de cobre del 3% anual durante los últimos 150 años, sino que implicaba casi una total paralización del proceso de urbanización y de crecimiento económico en gran parte del mundo. Añadiendo algo de complejidad, nuestro análisis requería desmontar la falsa narrativa de un superciclo en China, además de otras consideraciones por el lado de la futura producción de cobre. Pero baste decir que el escenario global de demanda y oferta que reflejaba entonces la cotización de Antofagasta nos resultaba inverosímil. Para afrontar el viaje con todos los sistemas de seguridad, incluyendo airbags, ABS y tracción a las cuatro ruedas, con Antofagasta estábamos invirtiendo en un productor de cobre eficiente, con un balance sólido y una larga trayectoria de tomar decisiones de asignación del capital acertadas.

El precio del cobre se recuperó, de hecho, mucho más rápidamente de lo que esperábamos y antes de final de año ya alcanzó los $6.000 por tonelada. Las acciones de Antofagasta hicieron lo mismo, y vendimos nuestra inversión gradualmente y enteramente ya a niveles de 8 libras por acción, aunque luego siguieron subiendo hasta superar las 10 libras. Tanto el cobre como las acciones de Antofagasta están todavía lejos, no obstante, de recuperar sus anteriores máximos de 2011 de $10.000 por tonelada y 16 libras por acción.

La inversión en Antofagasta era incómoda, por la caída constante y prolongada desde el 2011 y la posibilidad de que siguiera cayendo en el corto plazo, y la gran cantidad de analistas que, explicando las causas de su mal comportamiento hasta entonces, aportaban todo un arsenal de motivos para la preocupación. La gran cantidad de preguntas que recibimos en su momento y de opiniones escépticas eran un claro termómetro de dicha incomodidad.

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