NOTA DEL EDITOR: Este texto es obtenido de un informe trimestral de Iberian Value F.I.

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Desgraciadamente, vivimos una de las peores crisis que se recuerdan. Crisis
sobre todo humana, pero con un impacto en la economía que va a ser muy
doloroso. Cierre de muchos negocios y quiebra de muchas empresas, despidos masivos, caída del poder adquisitivo de parte de la población y aumento de la presión impositiva futura, interrupciones en la cadena de suministro de muchas industrias, e incluso escasez de algunos bienes de consumo. Todo ello, provocará una espiral de caída de la actividad, de ingresos y de la confianza de consumidores e inversores. Estas oscuras perspectivas han desatado el desánimo en los mercados, llegando a producirse algunas sesiones de auténtico pánico, batiendo todos los récords negativos conocidos. Sin embargo, también es cierto que existe gran apetito por tratar de participar en un posterior rebote, ya que tras varias sesiones de caídas históricas, se han producido repuntes de magnitud similar. Este comportamiento confirma lo que ya se ha demostrado en anteriores situaciones similares:

a) Esperar fuera del mercado a que todo se tranquilice te puede llevar a
perderte las sesiones de mayores subidas, lo que a largo plazo, tiene un efecto devastador sobre la rentabilidad anual obtenida por nuestras inversiones. Esto cobra mayor importancia si estabas invertido cuando se ha producido este drástico descenso y has sufrido importantes pérdidas. Sufres la tentación de querer cortar el dolor de seguir sufriendo pérdidas, y este miedo impide ver que tras estos fuertes descensos, está mucho más cerca el mínimo del mercado tras el cual se iniciará la recuperación. Incluso la experiencia demuestra que suele ser buena idea comprar en los días de mayores caídas, pues así es más probable que te beneficies de los fuertes rebotes posteriores.

b) Este comportamiento es lógico. Cuantas más ventas se hayan realizado,
menos activos les quedan a los agentes nerviosos por vender y acumulan una gran liquidez ante la elevada incertidumbre. Esta gran bolsa de liquidez fuera del mercado está dispuesta a entrar cuando todo se empiece a normalizar, lo que impulsará las cotizaciones con mucha rapidez.

c) La existencia de cualquier atisbo de optimismo como el descrito, no
favorece en teoría, el entorno para que se produzca la capitulación que ocurre en los mercados justo antes de iniciarse la recuperación, cuando ya nadie la espera. De hecho, experiencias pasadas demuestran que aunque suele producirse un rebote significativo, también suele ser habitual que el mercado vuelva a probar el suelo alcanzado anteriormente. No obstante, en este caso ya se han producido aspectos muy característicos de dicha fase, como ventas masivas que provocan que la mayoría de compañías coticen a precios ridículos en relación a su capacidad histórica de generación de caja.

Por tanto, a pesar de la difícil situación que vivimos y que ojalá nunca se
hubiera producido, es en circunstancias como las actuales, en las que se
desata el caos y reina el desánimo y un tremendo miedo en los mercados,
cuando existen mayores posibilidades de poder adquirir buenos negocios a
precios tremendamente atractivos (e incluso negocios normales o mediocres, a precios ridículos). Es lo que la historia reiteradamente nos ha demostrado.

Perspectivas

En medio del drama que estamos viviendo, no sólo económico sino sobre todo humano, lejos quedan aquellas incertidumbres que preocupaban al mercado (Brexit, guerra comercial, devaluación de divisas emergentes e incluso el actual derrumbe del precio del crudo). Quedan totalmente minimizadas ante lo verdaderamente importante: la seguridad de las personas.

Sin embargo, el principal riesgo que mencionábamos en períodos anteriores, cobra especial relevancia en un entorno como el actual. Las medidas poco ortodoxas acometidas por los principales bancos centrales, con tipos de interés ridículamente bajos e inundando el sistema de liquidez, ha motivado que los distintos agentes del mercado, especialmente algunos estatales, y en menor medidas los privados, descuidaran el estado de su situación financiera. En épocas de bonanza no se han dedicado a acumular recursos y sanear su deteriorada situación financiera arrastrada desde la crisis financiera de 2007, sino que han aprovechado todas estas facilidades de crédito para seguir endeudándose y relajar sus políticas de reducción de costes innecesarios.

Esta dejadez pasa desapercibida mientras existe crecimiento económico, pero cuando surgen los problemas, sea cuál sea su origen, por muy imprevisible que pueda ser, como el caso actual, las carencias afloran rápidamente. Los agentes no tienen capacidad para contrarrestar shocks inesperados, y dependen de la intervención del Estado, agente de último recurso, para salvar su situación. El verdadero problema surge cuando este agente es el que peor ha hecho los deberes, y no tiene capacidad para responder a un evento de tal magnitud. La situación es compleja. No sabemos cuándo se solucionará, pero tal vez, sí que intuimos cómo. Con un tremendo esfuerzo conjunto de todos los agentes, tanto individuos como empresas, que ya está siendo realizado. Muestra de ello las vemos a diario. Pero lo que es más preocupante, con un coste económico futuro muy elevado y de magnitud todavía desconocida.

Ante este incierto escenario, la adquisición de negocios que presten bienes y servicios indispensables para la población cuando este problema se solucione, se vuelve todavía más atractiva como alternativa de inversión para preservar nuestro capital. Entendemos que este discurso es muy difícil de mantener en un entorno como el actual, con pérdidas de capital cercanas al 35% en apenas tres meses. No sabemos cuándo va a finalizar esta difícil situación, nuestra única brújula es mantenernos fieles a nuestra filosofía de adquirir negocios a un precio muy inferior a nuestra valoración y no dejarnos llevar, en este caso, por el pánico desatado en el mercado por intentar deshacernos de todos nuestros acciones independientemente de su precio.

Ser accionista de una empresa, es ser titular y poseedor de una parte de ese
negocio, y como tal, debe ser valorado y puesto en perspectiva. Los resultados de la compañía sufrirán y caerán drásticamente durante uno o dos trimestres, e incluso afectarán a los resultados del ejercicio en curso, pero su valoración como negocio, no varía tan drásticamente. En absoluto. La valoración de los negocios que adquirimos no depende de su precio de mercado, sino de su capacidad para generar flujo de caja para sus accionistas. Y esta capacidad, una vez se normalice la situación actual, en la mayoría de negocios en los que estamos invertidos, se mantiene de manera razonable. Pero ni mucho menos, se ha visto reducida en la medida en la que han caído sus cotizaciones.

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